Hace 4 años aún no podía votar. Suspiré con cierto alivio al saber que Mariano Rajoy no sería mi presidente. Ese día me dije que prefería exiliarme antes de que ese señor fuera el mandamás político de mi país. Y aquí me hallo.
Es 20 de Noviembre de 2011, han pasado algo menos de cuatro años y no puedo cumplir lo que dije. Estoy aquí y tengo que ver como todas las pequeñas cosas buenas van a acabar. Y eso me pone de bastante mala leche.
Sinceramente, me avergüenza que mi futuro presidente sea alguien cuya oratoria es peor que la mía y que ni siquiera sabe pronunciar correctamente su propio idioma. Por no hablar de su ideología. Sinceramente dudo que ese hombre sea algo más que una marioneta de sus compañeros de partido. Pero da igual. Qué más da. El daño ya está hecho.
Y tal vez me esté adelantando, tal vez dentro de unas horas me sorprenda. Pero ya no tengo fe en la gente. La gente que merece la pena es muy poca en comparación con la masa que nos rodea. La masa arrastra a las mentes, decide por ellas, las asfixia y las condena. Ni siquiera las escucha. Es una pena. El país se va a la mierda y no lo vamos a cambiar. Tal vez merezcamos esto (o merezcan, esas masas de borregos que votan a partidos cuyo programa electoral es más ambiguo que Bimba Bosé).
Mi voto ya está decidido. El voto nulo es mi elección. Quiero una democracia de verdad. Esto es una pantomima en la que no quiero participar. Pero no pienso tirar mi derecho a votar y a hacer saber mi opinión. No voy a darles esa satisfacción.
Alea iacta est, amicus. Estamos cayendo. Esperemos que el golpe no sea tan fuerte como es de esperar.
A mi futuro yo, al futuro tú, le digo: Sé fuerte. Aférrate a la cultura. Nunca dejes de pensar. Piensa. Muévete. Haz todo lo que puedas. No dejes de pelear. Puede que parezca que no merece la pena, pero no es verdad. No estás solo. El cambio es posible. Lo imposible sólo tarda un poco más.